Skip to main content

Full text of "Joaquin Requena Y Garcia 1860 Tesis"

See other formats


LEIDA Y SOSTENIDA 

POR EL BACHILLER 

D. JOAQUIN REQUENA T GARCÍA, 

ANTE EL 

CONSEJO UNIVERSITARIO 


Después de rendir las demás pruebas para obtener 
el grado de Doctor cu Jurisprudencia. 


00300 


MONTEVIDEO— 1860. 


Imprenta de La República. 



Exmo. Sr. Dr. D. Eduardo Acevedo, Ministro de 
Gobierno y Relaciones Estertores. 


Montevideo, Agosto 16 de 1860. 


El gran deseo que he tenido siempre de ma- 
nifestar á V. E. mi aprecio y mi respeto, me 
anima á presentarle este humilde trabajo , es- 
perando que V. E. se servirá aceptarlo bon- 
dadoso. 

La aceptación de V. E. me servirá de estí- 
mulo en la profesión á que aspiro , tanto mas 
cuanto que es V. E. una de las primeras ilus- 
traciones de mi Patria, y el mejor modelo para 
los que se dedican á la noble carrera del foro. 

Soy de V. E. affmo. S. S. y compatriota 


Joaquín Requena y García. 




Sr. Bachiller D. Joaquín Requena v García. 


Mi querido Requena: 

Anoche recibí su disertación con las bené- 
volas 'palabras que le ha dictado la amistad 
que me profesa, y que le viene de herencia. 

Mucho se las agradezco, así como la distin- 
ción que me hace al dedicarme su primer tra- 
bajo científico. 

Haciendo votos porque el éxito corone sus es- 
fuerzos, me repito suyo affmo. 

(firmado) Eduardo Acevedo. 


Agosto l i de 1860. 




!%/%/%*» /%/W% 


Señores del Consejo Universitario: 


El cumplimiento de un honroso deber me 
trae ante vosotros á rendir la ultima prueba 
que según los estatutos Universitarios es nece- 
saria, para coronar los desvelos en la difícil 
carrera literaria que he tenido la fortuna de 
concluir en la Universidad de mi Pais. Con- 
tando con la benignidad conque me habéis he- 
cho el honor de distinguir en mis anteriores 
pruebas, no he trepidado en creer y esperar de 
vuestra ilustración un fallo que será para mí 
un grande estímulo y aliento en las tareas que 
aun me restan para alcanzar la noble profesión 
á que aspiro. 

Muy lejos estoy de creer que mi pobre tra- 
bajo pueda llenar las exigencias de vuestra ilus- 
tración, pero sí creo que á lo menos satisfará 
á vuestra benevolencia. Animado por ella en- 
tro ya á ocuparme del asunto á que se contrae 



VIII 


mi disertación. Esta versará sobre un punto 
de derecho penal respecto del que la doctrina 
de nuestro ilustrado Catedrático se presenta en 
disconformidad con una ley que se rejistra en 
uno de nuestros códigos: la Ley 2, Tít. 31 , Part. 
7 a . Aquella doctrina nos enseña que a pesar 
de lo que dice esa ley de partidas no ha de 
aplicarse la pena ordinaria del delito consuma- 
do, al delito frustrado y menos á la tentativa 
del delito. 

Esto es lo mas conforme con los buenos 
principios de la ciencia, lo mas ajustado á las 
reglas de equidad; y lo mas conveniente á los 
verdaderos intereses sociales. Agregaremos to- 
davía que también es lo mas arreglado á la le- 
jislacion vigente del pais. 



I. 


Concretándonos primeramente á la tentati- 
va, encontramos que en el derecho Romano, 
según lo afirma el ilustrado Sr. Goyena, exis- 
ten pocos testos sobre la tentativa, del delito, 
y que estos se hallan en contradicción. Que la 
ley 18, tít. 19, lib. 48 del digesto dice: «Nadie 
sufre pena por solo el pensamiento; que la ley 
14, tít. 8 del mismo libro dice con igual con- 
cisión, “en los delitos se atiende no á la vo- 
luntad sino al éxito” pero que los intérpretes, 
limitan esta última ley al homicidio, y á algunos 
otros delitos mas graves exigiendo que el ánimo 
se haya manifestado por algún acto próximo al 
homicidio ;y que por último dicen que al presen- 
te la tentativa cuando no llega á consumarse 
es castigada con pena estraordinaria. 


Se vé pues, continúa el mismo autor, que el 
derecho Romano adolece de alguna oscuridad 
en cuanto á la pena de la tentativa, aunque lo 
mas seguro es que tiene la misma del delito 
consumado. 

Tomadas las leyes de partidas del derecho 
Romano que es su fuente principal, la ley 2, 
tít. 31, part. 7. a ya citada, encierra aquellas 
dos leyes Romanas, pero esplicándose con ma- 
yor claridad, puesto que requiere que la tenta- 
tiva se haya manifestado por un principio de 
ejecución y queel delito no se haya consumado 
por circunstancias independientes de la volun- 
tad del que lo intenta. “Comenzando á meter 
por otra” (dice la ley) que non finque por él de 
lo cumplir.» 

Veamos ahora cuales son los principios déla 
jurisprudencia criminal mas generalmente re- 
cibidos y observados. 

Beccaria en su obra de los delitos y de las 
penas dice: 

«Es necesaria una pena porque importa pre- 
venir hasta las primeras tentativas de los deli- 
tos; pero como puede mediar algún intervalo de 
tiempo entre estas tentativas y la ejecución, 
conviene reservar una pena mayor para el de- 
lito consumado , á fin de dejar al que lo co- 
menzó algunos motivos que puedan apartarle 
de su consumación.» 

Magistrados versados en materia criminal, 
dice Mr. Carnot, citado por Goyena y un gran 



— 11 — 


número de presidentes de los Tribunales de 
Assissas habian celebrado que el código hubie- 
se autorizado á los Tribunales para que no 
aplicasen al caso de simple tentativa sino las 
penas inferióres á las que la ley declara aplica- 
ble cuando se ha consumado el delito. 

M. Rossi en su tratado de derecho penal se 
cspresa en estos términos: 

«En medio de estos encontrados debates m 1 
opinión es que el sentido común y la concien- 
cia pública han hablado constantemente el mis- 
mo lenguaje : el delito no se ha consumado 
luego debe ser menor su castigo. No debe ser 
conducido al cadalso indistintamente el asesi- 
no cuya víctima yace en la tumba y aquel cuya 
víctima designada gracias á la interrupción de 
la tentativa se halla tal vez entre los especta- 
dores del suplicio.» 

Pacheco, establece estas dos reglas como 
únicas: 

«1 . a Que las penas destinadas á castigar la 
tentativa del crimen deben ser menores que 
las que recaerían si se hubiesen consumado 
los crímenes mismos. 

«2. a Consiste en que por su naturaleza sort 
y deben ser variables; que mas corta y menos 
severa cuando la tentativa se interrumpió en 
sus primeros pasos y á gran distancia de la 
conclusión del delito, deben ir aumentándose 
y agravándose proporcionalmente, según llega- 



ron mas adelante los hechos y faltó menos pa- 
ra completar aquel.» 

Se deja ver pues que todas estas opiniones 
están acordes con la doctrina sentada en la te- 
sis, y que por consiguiente la peña de la ten- 
tativa debe ser menor que la del delito consu- 
mado y aun que la del delito frustrado. 



II. 


Entendemos por delito frustrado cuando el 
agente ha ejecutado todos los actos que tenían 
por objeto el llevar á cabo una decisión crimi- 
nal, el consumar un crimen y sin embargo es- 
ta acción no ha producido el resultado, el efec- 
to material que se esperaba de ella, (por ejemplo) 
unhombrecon el objeto deprocurar elábortode 
una muger embarazada, le dá una bebida, pe- 
ro se administran ciertos medicamentos que 
impiden que la bebida produzca sus efectos. 
Se conoce pues que ya ha dejado de ser tenta- 
tiva de delito, pues el delito no puede suspen- 
derse ya por la voluntad de su autor, no puede 
haber ya lugar al arrepentimiento; con todo 
no puede decirse que el crimen se haya con- 
sumado, porque el objeto que su autor se pro- 


— 14 — 


puso, no se llenó en todas sus partes; porque 
el resultado no ha correspondido á las miras 
del delincuente, porque el crimen' se frustró. 
Pero aun en este caso, no se ha de imponerla 
pena, como si se hubiese consumado el delito, 
sino otra menor; así lo aconsejan los buenos 
principios de la ciencia, y lo reclama el senti- 
miento de la humanidad. 

El autor del delito frustrado no produce el 
mismo perjuicio material que el del delito con- 
sumado, y esto no puédemenos de considerar- 
se, al fijar la medida de la pena poique la ley 
no solo debe tener presente la mayor ó menor 
criminalidad de la intención revelada por el 
delito, sino también el mal, daño y la alarma 
que causa á la sociedad. 

En corroboración á esto, dice el ya citado 
Rossi:— «Los hombres no confunden ni han 
confundido nunca el autor del delito frustrado 
con el del delito consumado.» Hay mas: los 
mismos delincuentes hacen esta distinción en 
el fondo de su corazón; cualquier hombre ha 
podido esperimentarlc en los actos de descui- 
do. El que poruña imprudencia cualquiera ha 
estado espuesto á causar un mal de considera- 
ción, y el que lo ha causado efectivamente, no 
siente el mismo pesar los mismos remordimien- 
tos. 

Pacheco, en sus lecciones pronunciadas en 
el Ateneo de Madrid en 1839 y 1840 dice: «pol- 
lo que toca á la penalidad del delito frustrado 



tampoco debe prcscindirse de hacer la real y efec- 
tiva. Lo mismo en este que en todos los casos en 
que el crimen se frustra, es de completa razón 
que no se imponga tan duro castigo como cor- 
respondería al crimen real y verdadero, mas, lo es 
también que se pene en proporción de la alarma 
del escándalo y de la perversidad. Faltando el 
mal á que se tendia, las leyes de nuestra justi- 
cia humana no pueden prescindir de tenerlo en 
consideración para disminuir la pena que exis- 
tiendo habría debido imponerse. 

La consideración de que consumado el cri- 
men, el delincuente ha conseguido los placeres 
ilejítimos que tanto anhelaba, contribuye á di- 
ferenciar y juzgar de distinto modo el delito 
consumado del delito frustrado; si la espiacion 
debe ser proporcionada á esos goces debe ser 
menos grave cuando no ha podido obtenerlos; 
por estas consideraciones creemos debe impo- 
nerse pena mas leve al delito frustrado que al 
consumado. 




III. 


Por delito consumado entendemos. Cuando 
la obra criminal que un individuo se ha pro- 
puesto, ha sido realizada en todas sus partes, 
cuando los deseos del delincuente han sido sa- 
tisfechos. 

Todos los autores y todos los códigos están 
conformes en la pena establecida para este de- 
lito y creo no tener nada que añadir. 

Después de las razones emitidas se vé clara- 
mente que debe imponers e, pena mas leve en la 
tentativa que en el delito frustrado y que la de 
este debe ser menor que la del delito consumado, 
por eso consideramos que la ley de Partida no 
está basada en los verdaderos principios del de- 
recho ni en la equidad, pues ella suprime una 
de las cualidades esenciales de la pena cual es 

3 



— '18 — 


la proporción. Dicha ley dispone lo siguiente: — 
«Mas si después que lo oviesse pensado se 
trabajasse de lo fazer, é de lq cumplir, comen- 
gandolo de meter en la obra, maguer non lo 
cumpliese de todo, entonce seria en culpa; é 
méresceria escarmiento, segund el yerro que 
fizo, porque erró en aquello que era en su po- 
der, de se guardar de lo facer, si lo quisiera; c 
esto seria como si alguno ouisse pensado de 
fazer alguna traycion contra la persona del Rey, 
é después comengasse en alguna manera á me- 
terlo en obra, assi como fablando con otros, 
para meterlos en aquella traycion que auia pen- 
sado él, ó faziendo jura, ó escrito con ellos; ó 
eomengandolo á meter por obra en alguna otra 
manera semejante destas, maguer non la ouie- 
se fecho acabadamente. Esso mesmo seria, si 
viniese en voluntad á algund orne, de matar á 
otro, si tal pensamiento malo como este co- 
mengase á lo meter por obra, teniendo alguna 
ponzoña aparejada para darle á comer ó ábever 
ó tomando algund cuchillo, ó otra arma yendo 
con él para matarlo; ó estando armado asechán- 
dolo en algund logar, para darle muerte; ó 
trabajándose de lo matar en alguna otra mane- 
ra semejante desta, metiéndolo ya por obra; 
ca maguer non lo cumpliese meresce ser escar- 
mentado assi como si lo oniesse cumplido, por 
que non fincó por el de lo cumplir, si pudiera. 
Otro si dezimos, que si alguno pensasse de ro- 
bar, ó forzar alguna muger virgen ó mugerca- 



sada é comengasse á meterlo por obra trauan- 
do de alguna dellas,para cumplir su pensamien- 
to malo, é levándola arrebatada; ca maguer 
non passase á ella merece ser escarmentado 
bien assi como ouiesse fecho aquello que cob- 
diciava, pues que non fincó, por quanto el pudo 
fazer, que se non cumplió el yerro que auia 
pensado. En estos sobre dichos tan solamente 
ha logar lo que diximos, que deven rescebir 
escarmiento los que pensaren de fazer, el yer- 
ro, pues que eomiengan á obrar del maguer 
no lo cumplan.» 

Esta ley en su primera parte está conforme con 
los principios enunciados, como resulta de las 
siguientes palabras: «Mas si después que lo hu- 
« biese pengado se trabajase de lo fazer é de lo 
« cumplir, comenzándolo de meter en obra, 
« maguer no lo cumpliese de todo, entonce se- 
« ria en culpa é merecería escarmiento según el 
« yerro que fizo.» Es decir: según la gravedad 
del delito que emana de la tentativa ó de los 
males que ella cause. En esta disposición de la 
ley resulta su conformidad con los principios 
que establecen la' proposición de la pena. 

Esta cualidad como la observa nuestro texto 
es todavía el desiderátum de ¡la ciencia, del que 
seguramente nos alejaríamos si hubiera de to- 
marse como regulador la última parte de la 
ley que acabo de transcribir. Grande es la 
dificultad que se presenta para establecer ,1a 
exacta proporción entre los delitos y las penas,. 



pero es una regla generalmente recibida, que 
los delitos mas graves han de ser castigados con 
penas mas rigorosas y que las circunstancias 
atenuantes del delito disminuye la pena al 
paso que la aumentan las circunstancias agra- 
vantes. Si pues la mas ó menos gravedad del 
delito, el mayor ó menor mal que causa, es lo 
que regula la proporción de la pena, porqué 
ha de prescindirse de ese regulador cuando se 
trata de la tentativa ó del delito frustrado? 

Todos convienen en que aunque la tentativa 
del delito no puede constituir el mismo delito, 
que la tentativa de homicidio (por ejemp.) no 
constituye el homicidio, hay sin embargo en di- 
cha tentativa un hecho criminal mas ó menos 
grave. Lo mismo debe decirse del delito frustra- 
do, del delito que no llega á consumarse. Luego 
tenemos que la tentativa y la ejecución no con- 
sumada del delito, están en la escala de actos 
criminales, y de consiguiente es de rigurosa 
aplicación á ellos, la regla de proporción de la 
pena que debe seguirse con relación á los deli- 
tos en general. La misma ley de Partida como 
lo acabo de observar se conforma á esa regla;pe- 
ro se separa de ella en odio á ciertos delitos y 
es esta excepción la que combatimos fundán- 
donos en las doctrinas que dejamos consigna- 
das en este escrito. 

Semejante excepción de la ley destruye la 
proporción de las penas, las convierte en exce- 
sivas y exhorbitantes y por consecuencia en 



— 21 


perniciosas en vez de saludables. 

Esa excepción representa todavia los restos 
de la antigüa ferocidad de los pueblos, de aque- 
llas horrendas crueldades que tanto aflijían la 
humanidad y . que han desaparecido ya del 
mundo ilustrado. «Importantísimo beneficio es- 
clamaba D. José Marcos Gutiérrez, juriscon- 
sulto sábio y religioso que tanto se ha distin- 
guido en el foro Español; « importantísimo be- 
« neficio que debemos principalmente á nues- 
« tra sacrosanta y divina religión, á una religión 
« que nos recrea con la esperanza de una felici- 
« dad pura é inalterable, y que á unos males 
« pasageros sostituye unos goces sempiternos; 
« á una religión que á los remordimientos mu- 
« chas veces suficientes, añade el fuerte freno 
« de un infierno ó lugar de tormentos intermi- 
« nables, y á una religión cuyo divino Maestro 
« predicó siempre la virtud, la bondad, la hu- 
« manidad y la caridad.» (Práctica Criminal, 
om. 3».) 




Todo esto, sin embargo, no basta para 
responder á la siguiente cuestión — la doctrina 
del texto del aula es arreglada ó nó á la legisla- 
ción vigente del pais? 

Nuestro texto nos enseña que la pena de la 
tentativa y del delito frustrado, debe irse apro- 
ximando á la marcada por la ley para el delito, 
a pesar de lo que dice la ley de Partida trans- 
cripta, pero si esa ley estuviese en vijencia, su 
disposición constituiría la doctrina legal, y en- 
tonces no nos sería lícito prescindir de ella al 
tratar de los delitos y de las penas según nues- 
tra lejislacion. 

Entiendo pues, que al enseñarnos una doc- 
trina opuesta á esa# ley de Partida, que eso 
equivale el enseñárnosla a pesar délo que la ley 



— 24 — 


dice, no se ha querido que aprendamos una 
doctrina contraria á la ley, sino que desaten- 
damos esa ley porque no forma parte de nues- 
tra lejislacion criminal. 

Ensayaré el demostrarlo. 



Según la ley 1. a de Toro, el Código de las 
Partidas es un Código supletorio á que no debe 
recurrirse sino en defecto de disposiciones para 
el caso ocurrente, en los ordenamientos, fueros* 
y leyes recopiladas; luego estableciendo éstas 
las penas de los delitos á ellas debemos recur- 
rir. 

Pero estas leyes que se rejistran en el título 
23, libro 8 de laR. C. solo imponen(por ejemp.) 
pena de muerte al que efectivamente, mata y 
solamente hacen estensiva esapenaal quehiere 
sin que el herido muera de la herida, mediando 
asechanza, habla, ó consejo. Esto importa que 
para el lejislador es tan grave y odioso el acto 
de herir con alevosía, como el de matar sin ella. 
Ambos constituyen dos delidos distintos con una 


misma pena,yaunque quisiera argüirsc que hay 
desproporción en las penas, no puede deducirse 
de la disposición de esas leyes, que la misma 
pena se aplique al homicidio frustrado que al 
consumado. Por el contrario esa misma ecep- 
cion de la ley prueba la regla general y la doc- 
trina que sostenemos, y aun las confirman co- 
mo lo observa el Sr. Garcia Goyena asentan- 
do «que la tentativa del delito no es castigado 
«por nuestras leyes con la pena ordinaria del 
«mismo, ó como si se hubiera consumado.» 

Aunque con sola esta respetable autoridad la 
demostración que me he propuesto quedaría 
hecha, puedo agregar aun el argumento irre- 
sistible que fluye de otra disposición vigente en 
nuestros códigos; tal es la pragmática de 23 
de Febrero de 4734, contenida en el auto 19, 
tit. 11, lib. 8. R. C. la cuál señala pena menor 
á los que « acometiendo para ejecutar el hurto 
« no lograron el intento, ni la perfecta consu- 
« macion del delito por algún accidente ó aca- 
« so.» 

Hé ahí consignados y respetado en esta ley los 
principios que rigen en la materia. Y existiendo 
esta ley tan esplícita, sería licito, señores, aplicar 
la disposición de la ley de Partida? ¿Puede ella 
considerarse vijente? Sin duda que una negativa 
formal y unánime será vuestra contestación, 
porque no pudieran contestar de otro modo los 
que enseñan y los que aprenden en las escuelas 
de un pais católico, de carácter suave, de eos- 



— 27 — 


tumbres moderadas y de instituciones liberales. 

Creo, pues, que á virtud de cuanto dejo con- 
signado en este escrito con que he ocupado la be- 
nevolente atención de los señores del Consejo, 
puedo cerrarlo ya con la proposición siguiente: 

«La doctrina del texto que enseña, que á pe- 
sar délo que dice la ley 2, tít. 31, part. 7. a , no 
puede aplicarse á la tentativa del delito ni al de- 
lito frustrado, la pena del delito consumado, es 
ajustada á la lejislacion vijente en la República.» 

He dicho. 

Joaquín Requema y García. 

V.° B.° — Ferreira. 


V.° B.° — Narvajas. 



Rector de la Universidad— Dr. D. Fermín Ferreira. 
Vice-Rector — Dr. D. Joaquín Requena. 
Catedrático de la facultad— Dr.D. TristanNarvaja- 
Padrino de Tesis — El mismo Señor. 

Padrino de Grado — Dr. D. Gualberto Mendez. 
Secretario titular— Dr. D. José Gabriel Palomeqüe. 
Secretario interino— Dr. D. Martin Berinduague. 

REPLICANTES. 

Dr. D. José Ellauri. 

Br. D. Laurentino Ximenez. 

Br. D. José Luis Vila. 


Doctor Requena. ! 


Un uso universitario, honroso cuanto grato 
para mí, me impone el deber de recordaros en 
esta solemne ocasión , á que habéis querido aso- 
ciarme, la grandeza de la profesión que abra- 
záis, los sérios deberes que ella os impone, ins- 
pirándoos la fuerza y la resolución de cumplir- 
los. 

No tengo necesidad de decir cuan árdua y su- 
perior á mis fuerzas sería esta tarea, sino me vie- 
se sostenido y animado por la benevolencia de 
este auditorio, á quien ciertamente honro, exal- 
tando la nobleza y esplendor de vuestro minis- 
terio. 

Sois desde ahora, doctor Requena, llamado á 
tomar parte en la acción de la justicia, á facili- 
tar la obra del magistrado, á ilustrar su religi- 



— 30 — 

on. preparando sus decretos. Asociado á sus tra- 
bajos, sois por lo mismo solidario de sus debe- 
res y responsabilidad. Si aspiráis á llenar cum- 
plida y dignamente la mas alta misión que sea 
dado al hombre investir, cuando llamado á ser 
el oráculo de la ley, usa del derecho mas sagra- 
do, pero también mas formidable, que haya sido 
coníiado á la sociedad, consagrad á la justicia el 
amor exclusivo y dominante de las almas privi- 
ligiadas, que despoja á la virtud en sus momen- 
tosde prueba, hastade las apariencias del sacrifi- 
cio, y solo se satisface con los goces austeros de 
una conciencia firme y serena. 

Por ley de vuestro ministerio sois el conseje- 
ro y consolador de todos los pobres y oprimidos; 
sin humillar la desgracia con vuestros desdenes, 
estáis obligado á buscar la verdad y á hacerla 
brillar antela justicia, esa forma abstracta de la 
divinidad á que acabais de ofrece! 1 un nuevo cul- 
to. 

Llamado en todos los instantes por vuestra 
institución á tomar parte en las opiniones é in- 
tereses que dividen á los hombres, investigar la 
verdad, demostrarla y persuadirla es la mas 
elevada misión del jurisconsulto, es vuestra 
obra por excelencia. Convencer y persuadir á los 
hombres por medio de la palabra es el mas no- 
table empleo de las mas nobles facultades del 
espíritu. Aspirad al secreto de ese arte maravi- 
lloso consagrando un culto asiduo y apasionado 
á los escritos imperecederos de esos ilustres va- 



— 31 — 


roñes, que han sido grandes por la palabra y el 
pensamiento, grandes por el estilo, que han de- 
fendido noblemente las grandes causas y que en 
todas las épocas de la humanidad se han mos- 
trado los generosos campeones de sus intereses 
y mas sagrados derechos! 

Habituaos desde temprano á la templanza, á 
la benevolencia y á la dulzura, pues en el mane- 
jo de las diversas funciones á que sereis llama- 
do, en la represión de los crímenes y delitos, so- 
bre todo, deben brillar esas virtudes, tanto mas 
necesarias cuanto que serán sujetas á mayores 
pruebas. Sin la calma nuestro espíritu pierde la 
libertadla palabrada moderación y hasta la mis- 
ma justicia nos parece una violencia! Guardaos, 
empero, de confundir esos sentimientos de un 
corazón siempre elevado con la debilidad, ese 
desfallecimiento moral que todo lo compromete; 
os hablo solo de aquellas virtudes que dejando á 
la conciencia sus generosas indignaciones y á la 
ley sus severidades necesarias, conservan, sin 
embargo, la calma y dignidad que convienen á 
la fuerza y á la razón. 

Consagrad todos vuestros instantes al estudio 
y refleccion de esa ciencia augusta que ocupán- 
dose de las relaciones sociales, cubre con su égi- 
da tutelar los intereses mas importantes de la so- 
ciedad. Inspirad á los que reclamen vuestro sos- 
ten y ausilio, gratitud, respeto, admiración y 
amistad; — preparad, anticipadamente, para 
vuestra vejez agradables y deliciosos recuerdos; 



— 32 — 


que pueda decirse un dia que habéis existido útil- 
mente; haceos, en fin, digno de vuestra profe- 
sión, tanto por la excelencia y generosidad de 
vuestra alma, como por las luces y sagacidad de 
vuestra razón. 

Doctor Requena: en la hermosa profesión á 
que ya pertenecéis tomad por guia las nobles 
inspiraciones del alma, por ausiliares las gran- 
des lumbreras de vuestra ciencia, y por modelo 
y ejemplo en el foro oriental, á vuestro digno pa- 
dre, cuyo saber, y raras cualidades lo colocan en 
un ran¡ío eminente! 

G 


Gualbekto Mendez.